25 años de la Copa Movistar (II): elegidos para la gloria

Cualquier planteamiento que hubiera concebido Dorna en el momento de lanzar la promoción de la copa, superó las expectativas, porque la respuesta que recibieron fue masiva. El objetivo que se buscaba estaba muy bien definido, y su desarrollo era toda una incógnita para la organización. “Surgió con la idea de dar una oportunidad a la gente que ya estaba compitiendo y también a la que no lo había hecho nunca”, nos dice Alberto Puig, que lideró el proyecto del mismo modo con el que había puesto en marcha el CEV un año antes. La respuesta fue abrumadora: se formalizaron 6.400 solicitudes, que obligó a Dorna a poner a toda su gente a trabajar en la revisión de las solicitudes y dar forma a una primera lista de 400 aspirantes, que fueron repartidos en tres jornadas de pruebas en el Jarama, de miércoles a viernes. De ahí un grupo de cien pilotos volvería a rodar el sábado, y finalmente 54 pasaron a la última selección, el domingo, donde fueron finalmente elegidos 25 pilotos y cinco suplentes. “Arrancamos pensando, ‘bueno, vamos a ver qué pasa’, a ver si hay algún tío desconocido que no está en ningún campeonato… Y a partir de ahí las cosa cogió impulso. El formato era muy auténtico, porque eran motos de carreras, fáciles de llevar como era la Honda RS, totalmente de serie y todas controladas por nosotros, con lo que era una copa pura: el gana es el que gana”, recuerda Puig. Las pruebas en el Jarama fueron emocionantes. Alineados por tandas, los muchachos, antes de subirse a las motos –para la mayoría era su primera vez en un circuito de verdad, y para muchos su primera experiencia con una moto con marchas-, aguardaban en boxes la charla de Puig, hechos un manojo de nervios. También Alberto, que se movía inquieto de un lado a otro de los boxes, como un tigre enjaulado, consciente de la enorme responsabilidad que tenía. Era una atmósfera electrizante. Había familias que llegaban al Jarama como los que van a Fátima… (Alberto Puig) En la tribuna de Le Mans, soportando las sacudidas intermitentes de la lluvia y de ese viento serrano que sopla frío por el corredor de la carretera de Burgos, las familias se acomodaban inquietas y expectantes, ansiosas por ver fugazmente a su piloto. Algunos, con prismáticos; muchos, cronómetro en mano. Los veían llegar desde Varzi, embocando la pequeña recta hasta Le Mans, hacer el Siete y subir la rampa Pegaso. Los perdían durante unos instantes para volver a verlos, fugazmente, retorcerse en Bugatti buscando la salida hacia Monza. Y los veían pasar de nuevo por la recta de meta, brevemente, por entre los huecos que dejaban los edificios de boxes. Así durante quince minutos, no más, en varias tandas. Un suspiro, una pequeña fracción de tiempo que iba a decidir el futuro de algunos de aquellos chicos. Breafing de Alberto Puig en una tanda de selección. Segundo y tercero por la izquierda, Joan Olivé y Dani Pedrosa. “Fueron jornadas kafkianas, los citábamos muy temprano –dice Puig-. Vino mucha gente, familias que llegaban al Jarama como los que van a Fátima… Había todo tipo de pilotos: gente que sabía y gente que no sabía nada, gente que estaba ahí y no sabía por qué estaba, gente que no sabía [ir en moto], pero nosotros no teníamos manera de saber si iban en moto o no si no era a través de las pruebas. Me impresionó mucho esa mezcla de situaciones. Recuerdo algún caso de gente que ya en la charla previa veías que no sabía ni cómo ponerse el casco, y lo tuvimos que parar antes de subirse a la moto”. Gestionar esta situación no fue nada sencillo. Por lo general, en el proceso hasta llegar a la selección final los que no pasaban el filtro aceptaban de buena fe la decisión, aunque a veces… “Era complicado, a nadie le gusta que le digan que no sigue –comenta Puig-, pero como en todo, había algún padre que no estaba de acuerdo, que te discutía, que si mi niño… Y todo esto en mitad de un entreno, intentando que nadie se haga daño. Fue bastante intenso”. “Era doloroso cuando tenías que ir haciendo los cortes -recuerda Toni Calvo, una de las personas fundamentales en el equipo de Dorna en esa etapa, tanto en la Copa Movistar como en el CEV- porque para los chavales era abrirse a una oportunidad de entrar en la competición sin tener que abonar las cantidades que ya se pagaban en ese momento”. “Por fortuna teníamos el ojo de Alberto por ahí funcionando”, recuerda José Antonio Lombardía: “Pedrosa no entró por tiempos en la primera selección que se hizo, pero Alberto vio en él algo diferente, y lo metió”. “A Dani lo metimos en la copa saltándonos las reglas -reconoce Toni Calvo-, porque Dani no tenía la edad [14 años] para hacer la copa”. La energía que se respiraba era indescriptible. Nunca más he vuelto a vivir eso (Toni Calvo) “Los había que llegaban con monos prestados, con cascos prestados –continúa Lombardía-, chavales que iban bien en moto pero que no se habían subido en su vida en una moto de marchas, que iban rápido en un Vespino, o que hacían motocross y nunca habían pisado un circuito de velocidad. Eran chavales muy jóvenes y con muchas ganas, y creo que todos agradecían esa oportunidad. Creo que todos fueron conscientes de la oportunidad que tenían, porque en ese momento nadie concebía algo así, que les dijeran: tú sólo preocúpate de pilotar”. “Todo era ilusionante, pero absolutamente a ciegas”, dice Calvo. “Tuvimos mucha suerte de que en España existiera una gran base de minimotos, y había un hueco entre la minimoto y la competición en circuito, y nos llegaron muchos chavales de las minimotos que no se habían subido nunca a una moto grande, pero tenían ese instinto, esa técnica que les hacía ir rápido”. Toni Calvo recuerda el ambiente de esos días: “La energía que se respiraba era indescriptible. Nunca más he vuelto a vivir eso. La ilusión la tenían al máximo, porque todos soñaban con poder llegar. Después cada uno se topaba con uno se topaba con una realidad, pero el sueño estaba en todos”, concluye Toni Calvo. Para los aspirantes, fue especialmente emocionante. “Fue una semana bastante difícil, en el sentido emocional –recuerda Dani Pedrosa-, porque tienes muchísimos miedos, muchísimas dudas, hay mucha gente inscrita y sabes que las oportunidades que se dan son pocas, sólo 25. Para mí era mi primera vez con una moto de marchas y la primera fuera de un karting. Lo recuerdo todo como inmenso: el circuito, esa presión, la organización, las cámaras que te grababan…”. Muchos de los que llegaron al Jarama se encontraron con conocidos de las carreras, con los que habían competido en las minimotos o en la Copa Aprilia 50. “Yo me enteré de la selección porque mis tíos tenían en esa época una tienda Movistar, y ese era uno de los puntos donde te podías registrar –recuerda Joan Olivé-, y me apunté con otros chicos con los que ya había coincidido con las pocket-bikes y la Aprilia, como Dani [Pedrosa], Diego Lozano, Bautista… Pero cuando te enteras que hay miles de inscritos te da un poco de miedo, porque va a haber mucho nivel, y lo viví con muchos nervios. Cuando nos dijeron cuál iba a ser la moto para la selección, resulta que cuando salía del colegio siempre me encontraba una moto así aparcada en la calle, y siempre me la miraba y me imaginaba como haría las pruebas en el Jarama. Y ese fue mi entrenamiento antes de las pruebas de selección. La verdad es que fue una gran oportunidad para todos nosotros”. Para los jóvenes pilotos la Copa Movistar representaba una enorme oportunidad. “Nunca se había visto nada parecido”, dice Álvaro Bautista. “Yo veía de la Copa Aprilia, pero esto era algo diferente. Las pruebas fueron muy intensas, eran tandas de apena diez minutos, te daba para dar tres o cuatro vueltas, con lo que no tenías mucho tiempo de demostrar nada. Yo rodé el primer día y estuve esperando nervioso a que me llamaran para saber si había pasado a la siguiente prueba, que era la final. Cuando al final de la tarde nos juntaron para decir el nombre de los seleccionados y oí el mío… Era como si un sueño se hiciera realidad: íbamos a correr con motos de GP. Sin esa oportunidad era complicado llegar a esas motos. Y luego la experiencia de trabajar con Alberto Puig, que era todo un referente, todos los entrenamientos que hacíamos, todo lo que nos enseñaban… Fue como un sueño”. Al ver llegar a la gente con esa ilusión y con esas ganas, entonces veías que tenía sentido lo que habíamos hecho (J.A.Lombardía) A Puig le impresionó el rigor y la profesionalidad con que se hizo todo: “Las motos funcionaron, no hubo ningún accidente grave, el Jarama se entregó al 100 por cien, todo el personal de Dorna estuvo a la altura… La implicación de Movistar fue salvaje, con una profesionalidad y un rigor, pero al mismo lugar con una ilusión impropia en un patrocinador”. “Cuando veías llegar a la gente al circuito con esa con esa ilusión y con esas ganas –recuerda Lombardía-, era una gozada, porque era entonces cuando veías que tenía sentido lo que habíamos hecho. Ver su cara de ilusión era lo mejor, y obviamente los resultados, ver pilotos como Pedrosa o como Bautista, y lo que consiguieron después, es la mejor prueba de que las cosas estuvieron bien hechas desde el principio”.

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